Microrrelatos ganadores

En el nº 91 de La Calle de Todos publicamos por fin los relatos ganadores del primer Concurso de Microrrelatos organizado por la revista. El ganador fue Raúl Garcés Redondo, de Zaragoza, por el relato “La Puerta del Carmen” y los finalistas, Encarnación Ginés, Sergio Allepuz (ambos de Zaragoza), Rosa Fernández (Pontevedra), Trinidad Entrena (Barcelona) y Enrique Ortiz (Madrid). El jurado, compuesto por Félix Moreno (presidente de la FABZ), Míchel Zarzuela, Miguel Ángel Ordovás y Elvira Lozano entregaron los premios el 19 de febrero, durante la Asamblea anual de la FABZ.

Esta convocatoria pretendía fomentar la creación literaria y la participación, poniendo la atención en la ciudad de Zaragoza, tema del concurso. Más de 100 relatos acudieron a la llamada, con gran calidad muchos de ellos, así que seguiremos publicando algunos en los siguientes números de la revista. Y, muy pronto, anunciaremos la convocatoria y las bases para la edición del concurso de este año. ¡Os esperamos, microrrelatos de todos los colores!

De postre, aquí tenéis una pequeña pieza sobre el concurso que preparó Alberto Baeyens para ZTV.

Y, que no se nos olvide, aquí están los microrrelatos ganadores:

GANADOR:

LA PUERTA DEL CARMEN

Por Raúl Garcés Redondo (Zaragoza)

Solía sentarse en una de las mesas del Café y contemplarla a través del cristal durante horas. La recorría una y otra vez con la mirada deteniéndose en aquellas cicatrices causadas por la artillería enemiga siglos atrás. Los vehículos circulaban sin cesar en torno suyo sin ver en ella más que otra glorieta de la ciudad. Una puerta por la que ya nadie entra ―pensó. Y  movido por esta idea, abandonó el establecimiento, sorteó no sin fortuna el aluvión de coches y una vez ante el monumento, avanzó decidido. El ir y venir de gente era constante al otro lado. Sin dudarlo se sumó a las tareas de defensa de la ciudad. El Francés no tardaría en atacar de nuevo.

FINALISTAS:

MICROQUIJOTADA

Por Enrique Ortiz Aguirre (Collado Villalba – Madrid)

Cuando los auténticos Don Quijote y Sancho Panza descubrieron que se les adelantaban sus espurios álter ego en penetrar la ciudad para disfrutarla y que una voz solemne y omnímoda les ordenaba que inmediatamente abandonasen toda idea de entrar en Zaragoza porque los planes habían cambiado, maldijeron a la literatura, a Avellaneda, a la invención de la dichosa imprenta, a los celos envidiosos, a todos los lectores del mundo y a ese maldito manco: marisabidillas, vejete, cruel y mandón.

LA MAJA

Por Rosa Fernández (Ponteareas – Pontevedra)

Visto desde lo alto el río Ebro no le parecía tan grande. Solía escaparse de clase las tardes de primavera y deambular por las calles de Zaragoza hasta llegar al puente de Piedra. Si el calor apretaba, se remojaba en sus orillas; y cuando lo que apretaba era el aburrimiento le resultaba más estimulante lanzar piedras al agua. Allí había conocido a su primer amor, la primavera de 1756. Era una mujer joven, morena de cabello rizado y tez blanca. Su cuerpo era delgado, proporcionado, apenas tapado con un ligero vestido los días de calor, que resaltaba su generoso busto. Tenía un puesto de verdura en la entrada del puente, donde él se paraba a contemplarla, disimulando con juegos de niño su entusiasmo amatorio de diez años. Fijó en la memoria cada rizo, cada rasgo, cada gesto, la mirada penetrante y, sobre todo, ese cuerpo volátil y efímero de piel suave, que imaginaba incandescente debajo de la ropa. Allí, delante del puente de Piedra, la retrató para siempre en su memoria de enamorado y no sería hasta casi cincuenta años más tarde cuando saciaría su pasión por ella. La devolvería a la vida con gran maestría, deslizando su pincel sobre el lienzo, con trazos firmes, seguros, y colores suaves. La pintaría luminosa, fragil y ardiente, tal y como él la amó.

MÁS ALLÁ DE LA REALIDAD

Por Trinidad Entrena Rodríguez (Barcelona)

Tenía que seguir su camino a través de la jungla de asfalto de Arcosur, sorteando los transeúntes, el tráfico y aquella anciana con bastón que apareció como por encanto en medio del paso de cebra, cogió impulso y dio un salto felino pasando por encima de ella. La meta estaba ya cerca aunque aquel gorila, que le perseguía hacía rato, le andaba pisando los talones, tan sólo unos metros más y por fin llegó a la meta, a su casa… a la avenida de Super Mario Bros. Y así fue como la ciudad de Zaragoza convirtió a Mario Bros en humano.

LO QUE PESA Y OCUPA UNA VIDA

Por Encarnación Ginés Orta (Zaragoza)

Hace unos días me crucé por el puente de Piedra con un señor que empujaba su bicicleta. Cesta delante y carro acoplado detrás, llevaba tantas cosas en ella que no podía subir la cuesta que va hacia el Arrabal de otra manera que empujando, lo que se supone es, su medio de transporte. Me sorprendió la imagen por la de cosas que llevaba.

A los pocos días lo volví a ver por la calle Alonso V. Estaba sentado en las escaleras del Albergue, la navaja en una mano y un poco de pan con un trozo de longaniza en la otra, y junto a él, todos sus enseres perfectamente acoplados sobre su bicicleta. No pude evitarlo y me senté junto a aquel hombre de aspecto desaliñado pero de rostro sereno y relajado. Le saludé y le dije si podía hacerle una pregunta, ―¡claro!― me respondió mientras me ofrecía un trozo del embutido. Acepté el bocado y continué:

― ¿Cómo se vive así, de un lado para otro?

― Se vive descansado.

― ¿Con todo encima? ―volví a preguntar.

― Tengo todo lo que necesito para vivir y pesa mucho menos de lo que cualquiera de vosotros necesitáis para un solo día.

Me sorprendió tanto la contestación que no atiné a balbucear palabra y fue entonces cuando prosiguió:

― Una vida debería pesar y ocupar lo que cabe en una bicicleta.

― Debería ser así, pero desgraciadamente, no lo es.

Me levante, le di la mano y las gracias y me alejé con una enorme tristeza existencial hacia mi casa que, evidentemente, pesa y ocupa más que su abarrotada bicicleta.

A RAS DE SUELO

Por Sergio Allepuz Giral (Zaragoza)

Residí largos años en la calle Coso de Caesaraugusta, viéndole la panza a las caballerías romanas. Actualmente contemplo estómagos metálicos de autobuses y pronto (según me ha dicho un amigo) ¡volveré a ver tranvías!

Mis nietos cumplieron su servicio militar junto a la puerta de Tenerías de la vieja ciudad. Resistieron heroicamente casi siempre y sucumbieron, alguna que otra vez, ante todo tipo de invasores que anhelaban conquistarnos.

Pero de toda mi extensa familia, solamente yo conseguí volar. Un servidor de ustedes fue propulsado desde la calle Santa Isabel hasta el mismo centro de la plaza del Justicia. Mi aterrizaje sobre el escudo de un policía enfadado y vestido de gris resultó accidentado, pero… ¡por fin! Tras dos milenios a ras de suelo tuve una visión aérea de Zaragoza, la mejor ciudad del mundo, si alguien me lo pregunta, aunque ¿quién preguntará nada a un pobre y viejo adoquín como yo?

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One Response to Microrrelatos ganadores

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