Reformas sociales: la puntilla neoliberal

Por Óscar García. Economista del grupo de estudios Azofra

Primero fueron los derechos laborales. Después, las pensiones. Ahora mismo son las cajas de ahorro. ¿Qué será mañana? Naomi Klein publicó en 2007 La Doctrina del Shock, un ensayo donde exponía cómo el capitalismo se aprovecha de las crisis para introducir medidas de choque muy impopulares entre la población, destinadas a favorecer los intereses del conglomerado financiero y económico internacional. Medidas que nunca se atreverían a imponer sin el bálsamo que suponen los desastres, las guerras, las situaciones que logran generalizar la inseguridad y la desesperanza en la población. Es probable que todo esto nos suene ahora, aunque sea de forma intuitiva. Repasemos: una creencia económica, el neoliberalismo, se hace con los designios del planeta y lo conduce a una crisis sin precedentes; tras ello, lejos de replantearse las causas del desastre, utilizan el estado de shock inducido en medio mundo para profundizar todavía más en su modelo fallido, implantando todas aquellas medidas que hasta ahora no se habían atrevido a forzar.

En la charla que Miren Etxezarreta ofreció en la Facultad de Económicas de Zaragoza sobre la reforma de las pensiones se abordaron estas y más cuestiones. Se puede ver íntegra en vídeo aquí: vimeo.com/19077269

En España estamos sufriendo de lleno este ataque a nuestros derechos, a las conquistas sociales ganadas con mucho esfuerzo por generaciones precedentes. Un ataque que tiene por objeto privatizar y eliminar impedimentos al crecimiento ilimitado de la tasa de beneficio del capital. Por ejemplo, privatizando los grandes recursos financieros que mueven las pensiones. O la sanidad. El modus operandis es siempre el mismo: los medios de comunicación (o de persuasión, más bien) se encargan de extender el argumento de la insostenibilidad económica de un bien o servicio público, sin que nadie se digne a demostrarlo en ningún momento, convirtiéndolo en un dogma de fe incuestionable a base de su repetición constante. Después, mucha gente entenderá razonable sacrificarse para solucionar un problema que, en realidad, no existe, y aceptará la renuncia y la privatización. Ha sido el caso de las pensiones, donde se han manipulado los conceptos estadísticos y demográficos de manera interesada para presentar un futuro apocalíptico, por supuesto falso, obviando además que llegado ese hipotético caso siempre se podrían financiar vía presupuestos, como las demás políticas públicas.

En el lado contrario, vivimos estos días la revuelta masiva de ciudadanos de países islámicos contra los regímenes dictatoriales que les gobiernan. Coincide que en la mayor parte de ellos se han llevado a cabo drásticas políticas económicas dictadas por el FMI, el organismo internacional que en su última evaluación interna ha puesto de manifiesto lo que muchos economistas honrados sabíamos: que mentían interesadamente para favorecer a las personas más ricas, fomentando la creación de sociedades en las que un tercio de la población vive muy bien, a costa de otro tercio que no llega a unos mínimos de dignidad. Es lo que se nos viene encima, si nos dejamos. En medio de este panorama, los ciudadanos europeos nos enfrentamos a políticas sociales destructivas sin tener siquiera un gobierno económico, sino sólo un mercado. Aunque, eso sí, tenemos ejemplos positivos, como el de Islandia, ocultado por los medios, cuya población ha decidido no salvar sus bancos ni asumir sus pérdidas, sino dejar que quiebren y meter a sus banqueros con culpa en la cárcel. Cuando cumplir la ley parece un acto revolucionario, es que el sistema hace aguas. No podemos permitir que nos ahogue.

*Publicado en el nº 91 de la revista La Calle de Todos
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