Más microrrelatos…

Seguro que os habéis quedado con ganas de leer más microrrelatos de los que se presentaron al concurso que organizamos. Mientras convocamos la segunda edición, aquí va otra selección de miradas e historias sobre nuestra ciudad. Pequeñas. Porque suele ser lo pequeño lo que llega al corazón.

JARDÍN VERTICAL

Por Elvira González Gaspar (Zaragoza)

“Jja-jarr-diin, beer…” -¡¡Hawaa!!- un jarrillo de agua escupida sobre su vestido y Modou y Buba riendo con la fuente entre sus manos. Hawa, un grito rabioso de risa corriendo hacia las piernas de la gente, calle Delicias arriba y abajo.

Su hermano Mansu duerme en el banquillo de piedra. Se sienta a su lado, mira hacia el cielo, encuentra las yedras que caen de lo alto. En el parque le gusta más la tarde; están los mayores jugando a fútbol y gentes que caminan con mirar lento. Un día vio a Cristina, de su clase. Mansu le dijo “guapa blanca”; se quiere casar con ella. Cristina baja al parque con sus abuelos que le parten el bocadillo a trocitos.

El padre de Cristina trabaja en la Opel; un día fuimos de visita con la profesora. Mamá Haddi dice que tío Oumar también trabaja allí, pero él no puede hacer huelga porque tiene que limpiar.

Mansu se ha despertado en el banco… Se tumba en mis piernas, como cuando le llamo para ir al cole. Los niños de su clase no fueron a la Opel, fueron al Ebro a montar en piragüa. Mamá Haddi no le dejaba ir; había que pagar y se podía quedar con papá en casa.

Dos ancianos se sientan en el banco de Mansu y Hawa.

-¿Este es el jardín vertical, pues?

-Sí. Igual te va’dar, maño. Como no pongan ascensor…

Hawa ha visto tantas veces la cerradura de la llave que abre el ascensor que no entiende cómo no lo saben ellos que caminan tan despacio. Ella no conoce la palabra “vertical” y prefiere el parque, aunque no tiene ascensor.


DEMASIADO TARDE

Jeisson G. Ospina (Colombia)

El denso aire se filtraba por las grietas de la precaria pared; a pesar de que solo medio techo cubría la casa y de que no había puertas ni ventanas la amenaza era latente. No era necesaria una sola puerta o ventana pues toda la casa era un simple cuarto cuatro por cuatro en el que vivían veinte. Decir habitación era también decir baño, patio, sala y cocina. Encima unos de otros dormían plácidamente y el aire continuaba haciendo de la realidad un sueño. De haber despertado seguramente habrían pensado que permanecían dormidos en algún rincón de La Jota. ¿Cuál de los veinte había dejado la llave del gas abierta?


TIERRA DE ARRAIGO

Ana Luño Muniesa (Zaragoza)

El cierzo arrancó de sus manos la lista de la compra. La vio volar veloz hacia la calzada sin tener opción alguna de recuperarla. Irene llevaba casi un año viviendo en Zaragoza, pero no se acostumbraba a los súbitos zarandeos del cierzo incontrolable. Miraba con admiración a las mujeres de avanzada edad cuando salían del mercado, luchando contra la corriente de aire para llegar a un lugar resguardado y recobrar el aliento. Era la imagen más pura de lo que ella entendía por arraigo. Casi podía ver cómo unas raíces muy profundas sujetaban a esas mujeres y les ayudaban a resistir la violencia del cierzo desatado. Y, a la vez, el coraje con el que luchaban para llegar a su destino. Siempre había oído eso de que el aragonés es testarudo. “A la fuerza”, pensaba ahora Irene, “hay que tener las ideas claras y el paso firme para resistir en esta tierra de azotes”. Y de pronto, volviendo de su ensueño, vio pasar su lista de la compra pegada a los cristales de un autobús de línea. Una magia oculta le hacía permanecer en la ciudad del cierzo. Quizá para comprobar si también ella podía echar raíces en una tierra no siempre fértil.

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