“Los niños hacen que la calle sea segura”

Francesco Tonucci (Fano, 1941) es un psicopedagogo y maestro italiano. En 1991 llevó a cabo en su pueblo natal el proyecto de La Ciudad de los Niños, que convertía a los niños en el punto de referencia para la ciudad. El proyecto tuvo mucho éxito y se extendió a distintos puntos del mundo. Ya visitó estas páginas hace algunos años, y el pasado octubre volvió a Zaragoza para hablarnos de la participación infantil como reto y como derecho.

*Por María Rivasés y Elvira Lozano

¿Cómo condicionan nuestras ciudades la vida de los niños?

Hemos cambiado las ciudades, cuando las reconstruimos después de la última guerra mundial, a la medida de los ciudadanos más poderosos, los que daban más garantía a los políticos: los jefes de familia, varones, trabajadores. Esta ciudad reconstruida para ellos y sus coches se olvidó del resto. Si salimos de aquí ahora, cuando las clases han terminado, probablemente no encontraremos niños moviéndose solos. Ni personas que se muevan en silla de ruedas. Estas personas están viviendo de otra manera, a escondidas, excluidas. En el 98, cuando estuve en Zaragoza la otra vez, me llevé un recuerdo muy típico de una ciudad moderna. En la plaza de San Pablo había un cartel que decía: “Monumento Artístico Nacional, prohibido jugar”. Es un monumento artístico y un lugar sagrado, pero lo que se prohíbe no es tanto escupir, gritar o hacer malas cosas… sino jugar.A los niños no se lo podemos prohibir, porque para los niños jugar es una necesidad absoluta.

¿Las cosas no han mejorado mucho, no?

Nosotros somos la primera generación, y lo digo con una amargura profunda, que tiene una esperanza de vida mayor que la próxima. Esto nunca ocurrió en la historia de la humanidad. Nosotros, españoles e italianos, somos nietos de abuelos que dejaron su tierra para ir a trabajar como bestias a lugares extranjeros, sabiendo que esto no cambiaba mucho su vida pero seguro podía cambiar la vida de sus hijos y de sus nietos. Y lo consiguieron. De nuestros abuelos nosotros recibimos casi 10 años de vida más, recibimos una vida mucho más cómoda.

¿Por qué es tan importante poder jugar en la calle?

Allí se aprende a conocer a los demás, se aprende a entender quién es el niño o la niña con la que me encuentro, y tengo que elaborar estrategias de conocimiento que mañana serán muy útiles, por ejemplo, para elegir un compañero o una compañera para la vida. Hoy nuestros hijos viven una socialización forzosa: conocen a sus compañeros de clase, que no eligieron; sus compañeros de cursillo, que no eligieron; los hijos de los amigos de los padres, que no eligieron. Nunca han tenido la oportunidad de salir a la calle, encontrar un niño y decir: ¿quién será este niño?, ¿puedo confiar en él?, ¿vale la pena?

Si los niños no pueden salir, no pueden jugar. Como no pueden jugar, tienen una habitación llena de juguetes, y con muchos juguetes no se puede jugar. Si los niños no juegan, no crecen. Es jugando como los hombres y las mujeres ponen los cimientos de todo lo que van a aprender en la vida, porque lo más importante ocurre en los primeros años de vida, antes de la escuela, antes del aprendizaje, antes de los libros de texto, antes de los maestros.

¿La escuela entonces no es suficiente?

Es que la falta de autonomía y de juego de los niños empobrece la escuela. Si los niños no juegan, no viven experiencias propias, no pueden buscar cosas nuevas para llevarlas mañana a la escuela. Y la escuela, no recibiendo alimento de parte de los alumnos, no tiene más remedio que volver a los programas y a los libros de texto. Yo estoy notando que la escuela se está empobreciendo respecto a todos los intercambios que tuvimos en los años 70 y 80.

Pero hay espacios en la calle destinados a que jueguen los niños.

Estos espacios llevan implícita la idea de que los niños no saben jugar, por lo cual nosotros tenemos que decir cómo se juega. Y proponemos columpios, toboganes, pensando que a los niños les gusta muchísimo hacer movimientos de repetición como si fueran hamsters. Y no es así. Los niños saben jugar. Ellos lo dicen muy bien. Niños de España, Italia y Argentina nos han dado una lista con las características de un espacio para ser bueno. Debe ser compartido, no para niños sino para todos. No hace falta policía. Mejor sin padres. Y no debe tener rejas, debe ser una plaza libre. Dice una niña española de cuatro años: ¿por qué me gusta jugar en la calle?, porque no hay murallas ni techo. Si hacemos una ciudad como la que quieren los niños podemos ahorrar muchísimo dinero. Podemos ahorrar ludotecas y juguetes, y regalar plazas y jardines de todos.

¿Qué les dirías a los padres a los que les da miedo dejar salir solos a sus hijos?

Que la desaparición de los niños de la ciudad la empobrece. Es una paradoja: no dejamos salir a los niños a la calle porque pensamos que la calle es peligrosa. En realidad, la calle es peligrosa porque no hay niños. Los niños hacen que la calle sea segura, además de bella y sana. Segura porque un niño en la calle nos obliga a nosotros adultos a hacernos cargo. Un niño con su padre es un hecho privado; un niño solo es un hecho público que obliga a la gente a volver a una actitud de vecinos. En las experiencias de ir a la escuela solo, que es la experiencia que estamos liderando, en los barrios donde se hace los delitos bajan. Sobre este tema nace el proyecto de La Ciudad de los Niños, que propone una filosofía distinta de gobierno de la ciudad, asumiendo al niño como parámetro, como un paradigma que representa a todos los demás. El niño resume todas las categorías de las diversidades de género, de cultura, de edad. Lo interesante es que las propuestas de los niños se parecen mucho a las de los científicos y muy poco a las de los políticos. Me gusta citar una frase de Barack Obama el día que ganó las elecciones americanas. En su discurso decía: “a los que no me votaron, digo: necesito vuestros consejos y vuestras ideas”. Él probablemente no lo sabía, pero estaba hablando de los niños.

¿Cómo podemos intervenir como ciudadanos para promover la autonomía de los niños?

Discutiendo entre vecinos, involucrando los comerciantes, preparando a los niños en la escuela. Por ejemplo, ¿qué pueden hacer los ancianos para apoyar esta experiencia? En lugar de acompañar a los niños, algunos adultos permanecen en un punto complicado como, por ejemplo, el cruce de una calle con mucho tráfico. Y los comerciantes pueden crear puntos de referencia a lo largo del camino. Los que se comprometen con este proyecto, ponen una pegatina en el escaparate, y los niños saben que pueden entrar y pedir lo que necesitan. Estas son varias maneras para despertar de nuevo un sentido ciudadano. Y si son muchos los niños que en un barrio van andando a la escuela, su seguridad es mucho mayor.

Ayer tuviste un encuentro con los niños de Oliver. ¿Cómo fue la experiencia?

Muy satisfactoria. Me habían avisado de que eran niños problemáticos, pero se portaron de una manera increíble. Cuando yo hablaba, estaban totalmente en silencio; cuando trabajaban, trabajaban en silencio de una manera que es difícil encontrar en niños sin ningún problema. ¿Por qué? Porque les interesaba hablar conmigo, vivir esta experiencia rara que era la primera vez que experimentaban. Y a nivel urbanístico, noté que en Oliver se ha desarrollado una intervención que da la vuelta a la jerarquía de los que viven el barrio. Hay un camino donde todos los pasos peatonales están a nivel de la acera, con lo cual el coche tiene que subir y bajar. El peatón sólo mirando esta intervención se da cuenta de que la administración se ha puesto de su lado. Es un ejemplo de cómo el urbanismo puede ayudar a los políticos a demostrar que la ciudad es otra cosa: que está con los débiles, no con los fuertes.

¿Lo conseguiremos?

Ayer un niño de Oliver decía, cuando se preguntó qué significa participar: dar opiniones para cambiar cosas. Esto es la participación. Tiene como objetivo el cambio, el cambio justo. Porque casi siempre lo que los niños piden es conflictivo para nosotros. Los niños nos invitan a otra política. Y digo otra involucrando a izquierda y derecha. Otra política, diferente a la de los adultos.

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